Un juego, una muerte

14 de enero 2005. Psiquiátrico de granada

- ¡Déjame en paz! ¡Cállate! Me estas volviendo loco ¡¡Dios!!
- José si no te tranquilizas tendremos que sedarte.
- ¡Decidle que se marche! ¡Que se vaya!, ¡Vete!

José estaba ido, el miedo estallaba en su rostro y miraba fijamente a la pared, le gritaba a una pared acolchada que evitaba que en un ataque de histeria el paciente sufriera algún tipo de daño al golpearse contra ella. Tan sólo llevaba allí unos días y empeoraba según pasaban los minutos.
- ¿te acuerdas de mi josito? ¿Me recuerdas? yo no te he olvidado… he venido a por ti, tú serás el segundo.
- ¡Tu estás muerto!
- Sí, lo estoy, igual que lo estarás tú dentro de poco tiempo.

Las lágrimas resbalaban por el rostro de José mientras sus rodillas cedían y su cuerpo se desplomaba por el suelo. Los enfermeros le cogieron y le trasladaron a otra habitación. Parecía dormido cuando le acostaron en la cama, ataron sus manos y le sedaron.

  Las imágenes se agolparon en la mente de José,  comenzó el sueño, revivió la pesadilla.

“Cuatro niños jugaban en una calle de un pueblo que yace a los pies de la sierra de Granada, un pueblo pequeño alumbrado por unas escasas farolas.
- Arturo, pásame la pelota, hombre.
- Ven tú a buscarla Josito.
- ¡Bah! quédatela. Me voy con Miguel y Antonio.
- ¡eh! espera, que yo también voy.
Miguel y Antonio estaban a escasos metros sentados en el tranco de la casa del maestro. Cuchicheando en voz baja.
- ¿Que hacéis? ¿De que estáis hablando?- pregunto Arturo
Los dos niños se miraron, escondiendo una sonrisa cómplice.
- Tú eres demasiado gallina como para escuchar lo que hablamos, seguro que después tienes pesadillas como las niñas.- dijo Miguel riéndose.
- Yo no soy gallina- dijo Arturo con la cara roja de rabia.
- Sí, claro que lo eres – asintió Josito- ¿os acordáis cuando se ahorcó la Carmen, la del panadero?, Arturo temblaba cada vez que pasábamos por la casa… ¡ jajaja!
- Eso es mentira, yo soy más valiente que todos vosotros juntos, no le tengo miedo a nada ni a nadie- acompañando a sus palabras Arturo empujó Josito, Miguel y Antonio se levantaron rápidamente.
- Tranquilos- dijeron los dos- mientras les sujetaban
- ¡Haré lo que queráis para demostraros que no tengo miedo! ¡Venga! ¿Qué hago?
Los otros tres niños se rieron, hicieron un corro entre ellos y empezaron a hablar tan bajo, que Arturo, por mucho que agudizaba su oído, no era capaz de escuchar nada. Se volvieron hacia él y dijeron.
- ¡Lo tenemos!
- ¿De qué se trata? – Preguntó Arturo mas asustado que curioso.
- Ya verás como no aguanta, os lo he dicho, es una nenaza…jajaja- comentó Josito.
- Venga, contármelo ya chicos…
- Vas a tener que pasar toda la noche en el cementerio, ¿o te dará miedo?
Arturo les miró boquiabierto, apenas le salían las palabras, ya sentía el miedo recorrer su espalda y todavía no estaba rodeado de tumbas agrietadas, de flores secas, de ruidos raros…
- Claro que no tengo miedo, pero… pero… si voy a pasar la noche allí yo solo… ¿como sabréis vosotros que he cumplido con mi palabra? – Arturo rezaba en silencio para que esa fuese una razón suficiente para que los chicos cambiasen de idea-
- No habíamos pensado en eso, ¿qué hacemos? – preguntó Antonio.
- A ver, yo tengo una idea, uno de nosotros acompañará a Arturo hasta el cementerio, y se quedará esperando al final del camino, donde comienza el pueblo, donde esta esa farola que parpadea tanto, esperará hasta el amanecer. Si Arturo sale del cementerio el que se quede esperando lo verá, no puede escapar por otro lado- sugirió Miguél.
- Genial- gritaron los otros dos.

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~ por leeresconocer en Octubre 25, 2007.

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